De Dolly Parton a Rosalía, de Madonna a Karol G, las mujeres redefinen la música desde la creación, la innovación y el control de sus propios relatos. Un recorrido por distintas generaciones y estilos para celebrar su poderío y preguntarnos cuánto queda aún por conquistar dentro de una industria que sigue sin ser igualitaria
Hay despedidas que obligan a mirar hacia atrás. La de una estrella como Dolly Parton —una de esas artistas que han conseguido convertir una voz, una historia y una forma de estar en el mundo en patrimonio colectivo— invita también a mirar hacia delante. Porque de lo que estamos seguras es de que algo está ocurriendo en la música.
Nunca ha habido tantas mujeres visibles en los escenarios, en las listas de éxitos y en la conversación cultural. Pero quizá lo verdaderamente interesante no sea solo cuántas mujeres están llegando, sino qué están haciendo cuando llegan. Qué sonidos están mezclando, qué relatos están construyendo, qué límites están cuestionando y qué espacios están ocupando más allá del micrófono.
Las mujeres ya no son únicamente intérpretes de canciones escritas, producidas o diseñadas por otros. Cada vez son más las que construyen universos completos: componen, producen, dirigen su imagen, levantan sus propios proyectos empresariales y convierten la música en un territorio desde el que hablar de identidad, deseo, clase, feminidad, raíces, violencia, libertad o memoria. Y, sobre todo, lo hacen con una libertad estética que quizá sea una de las grandes revoluciones de nuestro tiempo.
El derecho a contar la propia historia
Dolly Parton representa muchas cosas: la mujer que llegó desde una familia humilde de Tennessee para convertirse en una de las grandes figuras de la música estadounidense; la compositora capaz de escribir canciones que han sobrevivido a generaciones; la empresaria que supo entender que una carrera artística también podía significar independencia.
Pero quizá una de las claves de su legado sea otra: Dolly Parton nunca aceptó que los demás decidieran del todo quién debía ser.
Su apariencia exuberante, durante años convertida en objeto de burla o caricatura, era también una declaración de intenciones. Ella podía ser rubia platino, llevar lentejuelas, hablar con acento sureño y escribir algunas de las canciones más sofisticadas y emocionantes de la música popular.
La inteligencia, parece decirnos su trayectoria, no siempre tiene que presentarse con aspecto solemne. Esa libertad para construir una identidad propia conecta, salvando las distancias generacionales y musicales, con muchas artistas contemporáneas. Mujeres que han entendido que hacer música es también crear un lenguaje, una estética y un relato sobre una misma.
Madonna es una de las grandes arquitectas de esa conquista. Como Dolly, entendió que una mujer podía construir y controlar su propio personaje público. Durante más de cuatro décadas ha hecho de la reinvención una forma de supervivencia artística y de la provocación un lenguaje. Cada transformación de Madonna ha sido también una manera de cuestionar lo que se esperaba de una mujer: cómo debía vestir, envejecer, expresar su sexualidad o comportarse en el espacio público. Su «poderío» consiste, entre otras cosas, en negarse a quedarse quieta.
El universo Rosalía
La aportación de Rosalía no se limita a una colección de canciones de éxito. La artista catalana ha construido una propuesta en la que confluyen tradición y vanguardia, flamenco, música urbana, electrónica, referencias religiosas, cultura popular, moda y una concepción casi cinematográfica de cada proyecto.
Su capacidad para mezclar códigos y convertirlos en un lenguaje reconocible ha sido una de las grandes transformaciones del panorama musical español de la última década.Pero su propuesta también habla de otra cuestión: el poder de una mujer para ocupar el centro de su propia obra. No solo canta. Decide. Imagina. Construye. Se equivoca, cambia de piel, experimenta y vuelve a empezar.
Su actual gira Lux ha añadido, además, un elemento especialmente interesante a esta conversación: el confesionario. En diferentes ciudades, Rosalía ha invitado a otras artistas y figuras públicas a compartir sobre el escenario sus particulares «perlas»: comentarios, frases o experiencias sentimentales que, entre el humor y el desahogo, hablan de las relaciones y de las heridas que dejan. El formato ha convertido la vulnerabilidad en un acto colectivo y en una especie de conversación pública entre mujeres.
No deja de ser significativo. En una industria acostumbrada a convertir a las mujeres en objeto de observación, son ellas quienes toman la palabra y cuentan la historia.
Ocupar un territorio que no estaba pensado para ellas
Si Rosalía representa la experimentación y la construcción de un universo propio, Karol G encarna otra conquista fundamental: la ocupación de un territorio musical históricamente masculinizado.
El reguetón y la música urbana han sido durante años espacios dominados por relatos masculinos. Karol G ha conseguido convertirse en una de las artistas más poderosas de este universo. Su éxito ha abierto, además, un espacio simbólico para hablar de independencia, deseo, ruptura y autoestima desde códigos que durante mucho tiempo parecían pertenecer exclusivamente a los hombres. El «poderío» de Karol G no consiste únicamente en llenar estadios; tiene que ver con haber conseguido convertir una identidad artística propia en un fenómeno global.
Y junto a ella hay muchas otras mujeres que merecen formar parte de esta conversación.
Pink ha construido su carrera desde otro lugar: el de la rebeldía frente al molde. Alejada deliberadamente de la imagen prefabricada de la estrella pop, convirtió la fuerza física, la irreverencia y una cierta incomodidad con los estereotipos femeninos en parte de su identidad artística. Sus espectáculos, desafiando literalmente la gravedad, parecen una buena metáfora de una trayectoria que nunca ha terminado de ajustarse a lo que se esperaba de ella.
Taylor Swift representa quizá una de las grandes batallas contemporáneas por el control de la propia obra. Su decisión de regrabar sus primeros discos para recuperar el control sobre su música convirtió un conflicto contractual en un debate global sobre la propiedad intelectual y los derechos de las artistas. Pero su poder va más allá de las cifras: ha construido una relación directa con millones de personas y ha demostrado que una mujer puede convertir su propia biografía, sus contradicciones y sus canciones en un universo cultural de dimensiones gigantescas.
Cómo olvidar el empujón de Shakira y su «las mujeres ya no lloran, las mujeres facturan», capaz de dar la vuelta a una herida. Tenemos muchas referencias: Zara Larsson, Charli XCX, Lorde, Raye, Gracie Abrams, Lola Young, Doechii, Tyla, Tems, Mon Laferte, Lali, Francisca Valenzuela, Romina Pistolas, Yeri Mua, Kenia Os, La Joaqui, Nathy Peluso, Natalia Lafourcade, Silvana Estrada..
Voces para ampliar el mapa
Bad Gyal, que ha construido una identidad musical y estética reconocible mezclando dancehall, reguetón, pop y electrónica.
Aitana, una de las grandes figuras del pop español contemporáneo y ejemplo de cómo una artista puede evolucionar desde el fenómeno televisivo hacia un proyecto con identidad propia.
Lola Índigo, que ha convertido el cuerpo, el baile y la puesta en escena en una parte fundamental de su lenguaje artístico.
Rigoberta Bandini, capaz de transformar la maternidad, el cuerpo femenino, la presión estética o las contradicciones de la vida adulta en himnos generacionales.
Rozalén, que ha demostrado que la canción de autora también puede ocupar grandes escenarios sin renunciar a la empatía, la accesibilidad o el compromiso social.
Amaia, con una trayectoria marcada por la búsqueda artística y una voluntad de no quedar atrapada en una única fórmula.
Zahara, referente de una generación de creadoras que han hecho de la vulnerabilidad, la experimentación y la construcción de una voz propia una forma de resistencia.
María José Llergo, que dialoga con el flamenco desde una sensibilidad contemporánea.
Judeline, una de las voces que mejor representa la mezcla de géneros, generaciones y referencias culturales que está redefiniendo el nuevo pop.
Y también nombres como La Zowi, Ginebras, Tanxugueiras, Marina Carmona, Bewis de la Rosa, Valeria Castro, La Otra, Carmen Xía, La Sole que desde lugares muy distintos están ampliando el mapa sonoro y narrativo de la música hecha en España.
Porque quizá una de las mejores noticias del momento sea precisamente esa: no existe una única manera de ser mujer y hacer música.
Festivales que imaginan otra escena
El panorama ha cambiado, pero conviene no confundir visibilidad con igualdad. Las grandes estrellas femeninas pueden llenar estadios y encabezar titulares mientras la estructura de la industria continúa teniendo importantes desequilibrios. Los datos publicados este verano sobre los festivales españoles muestran que la paridad sigue estando lejos: dos de cada tres artistas programados en los grandes eventos analizados son hombres.
Otros estudios recientes sitúan la presencia de mujeres entre las artistas programadas en festivales españoles en torno al 22 %. La pregunta, por tanto, no es solo quién sube al escenario. También importa quién produce, quién maneja el sonido, quién dirige una gira, quién programa un festival, quién ocupa los puestos de decisión y quién tiene capacidad para definir qué música merece ser escuchada.
En ese sentido, la reivindicación de las mujeres en la música no debería limitarse a pedir más nombres femeninos en los carteles. Se trata de mirar toda la cadena de creación y producción cultural. Precisamente por eso resultan interesantes propuestas que intentan cambiar las reglas desde su propia concepción.
En Granada, el Festival Granada 100% Mujer, impulsado por la asociación cultural Revivir la Azucarera y vinculado al proyecto de recuperación sociocultural de este emblemático espacio, propone visibilizar el talento femenino no solo sobre el escenario, sino en todas las fases de la creación cultural. La edición de 2026 reunirá música, ilustración, danza, poesía, asociaciones y otras disciplinas artísticas en una jornada concebida desde esa mirada.
No es un detalle menor.
Un festival compuesto íntegramente por mujeres sirve también para desmontar una de las excusas más repetidas cuando se habla de desigualdad en la programación: «no hay mujeres suficientes». Claro que las hay.
Las hay en los escenarios, en los estudios de grabación, en la producción, en la gestión cultural y en la técnica. Lo que muchas veces ha faltado es la voluntad de buscarlas, contratarlas y situarlas en el centro.
También iniciativas como SonRaíz permiten abrir otra conversación. Su programación ha dado espacio a propuestas que conectan música contemporánea, tradición, territorio y raíces, incluyendo voces femeninas y propuestas que reivindican explícitamente la presencia de las mujeres en la música.
Estos festivales no deberían ser únicamente una excepción celebrada cada año. Pueden funcionar como un laboratorio para imaginar cómo sería una industria musical realmente diversa.
Quizá por eso la palabra «poderío» resulta más interesante que la de «empoderamiento» porque no siempre necesita explicación y la podemos encontrar en una mujer de 80 años que sigue siendo dueña de su relato y de su legado. En una artista que llena estadios cantando en español. En otra que recupera las raíces de su territorio para llevarlas al presente. En quien decide hablar de una ruptura sin pedir disculpas. En quien se sube a un escenario y convierte una experiencia íntima en una conversación colectiva.
Está también en las adolescentes que están ahora mismo escribiendo canciones en sus habitaciones. En las técnicas de sonido que comienzan a abrirse paso en un sector masculinizado. En las productoras que quieren trabajar con sus propios códigos. En las promotoras que deciden ofertar carteles diferentes.
La música siempre ha sido un espacio de imaginación. Quizá uno de los cambios más estimulantes del presente sea comprobar que las mujeres están utilizando esa imaginación para ocupar un lugar que durante demasiado tiempo les fue concedido de manera provisional. Ya no se trata solo de que nos dejen entrar. Se trata de decidir qué propuesta queremos hacer en escenarios que también son nuestros.


