El proyecto, una iniciativa de la delegación de Igualdad y Corresponsabilidad de la Diputación de Granada en colaboración con el ayuntamiento de la localidad, recupera los saberes, cuidados y formas de vida con los que generaciones de mujeres sostuvieron la vida cotidiana en tiempos de escasez
En Lentegí, un pequeño municipio donde el tiempo parece discurrir al ritmo de las estaciones, un grupo de mujeres ha tejido algo más que recuerdos: ha construido un relato colectivo sobre la vida, el cuidado y la supervivencia en épocas donde la escasez era la norma y la inventiva, una herramienta imprescindible.
El proyecto HUellas Lentegí nace de un proceso pausado y profundamente humano. Durante varias semanas, mujeres del pueblo se reunieron para conversar, recordar y crear. Lo que comenzó como encuentros en torno a la memoria cotidiana fue tomando forma como un ejercicio de recuperación de saberes que rara vez ocupan los espacios oficiales de la historia: los de la cocina, la organización doméstica, la alimentación y el cuidado familiar.
Cada sesión se convirtió en un archivo vivo. Emergieron relatos que hablaban de cómo la vida se organizaba en torno a lo que daba la tierra en cada estación, de estrategias para conservar alimentos sin electricidad, de recetas que no eran solo comida, sino formas de sostener la vida. Platos humildes, cargados de significado, volvieron a la mesa de la memoria: el puchero de garbanzos, las migas de los días de lluvia, las gachas de invierno, la sopa de ajo o los dulces festivos como roscos, pestiños y buñuelos.








Pero más allá de las recetas, lo que se compartía eran gestos. El movimiento de las manos amasando, el sonido del aceite al hervir, el olor de los pimientos asados. Una memoria sensorial que atraviesa generaciones y que rara vez se escribe, pero que permanece profundamente arraigada.
En muchas de estas historias se repetía una frase que condensa toda una forma de estar en el mundo: «Con muy poco se hacía mucho». Una afirmación que habla tanto de la escasez como de la capacidad de adaptación, de la inteligencia práctica y del ingenio cotidiano de quienes sostuvieron la vida en condiciones difíciles.
Uno de los elementos que emergió con fuerza durante el proceso fue la orza. Este recipiente tradicional, hoy casi en desuso, ocupaba un lugar central en las casas antes de la llegada de los frigoríficos. En ellas se conservaban alimentos durante largos periodos: chorizos, morcillas, lomo en manteca. Pero su significado trasciende lo funcional. La orza encarna un conocimiento transmitido, una forma de prever, de organizar, de cuidar.
En el marco del proyecto, la orza se transforma en símbolo. Ya no es solo un objeto, sino un contenedor de memoria.
Una escultura hecha de historias
El proceso de creación se manifestó en su propia obra colectiva: una escultura compuesta por módulos que combinan cerámica, tejidos y materiales vinculados a la vida doméstica. No se trata de una reproducción literal de objetos, sino de una evocación. Cada pieza remite a prácticas, gestos y saberes que han dado forma a la vida cotidiana durante generaciones.




Algunos de los elementos que integran la escultura fueron donados por las propias participantes: objetos que han habitado sus casas y que llegan cargados de historia. Otros fueron creados durante los encuentros, modelados en barro por las propias mujeres. Entre ellos, destacan antiguas orzas que, en la obra, adquieren una nueva dimensión simbólica.
Las formas circulares presentes en la escultura evocan los ciclos de la naturaleza. Remiten al tiempo agrícola: la siembra, la cosecha, la matanza, la elaboración de conservas. Un tiempo que no es lineal, sino cíclico, y que organiza la vida desde una lógica distinta a la productividad contemporánea.






La pieza incorpora también eslabones que conectan los distintos módulos. Son metáforas visibles de una red invisible: la transmisión de saberes entre mujeres. Una cadena de cuidados que se extiende de abuelas a madres, de madres a hijas, sosteniendo conocimientos esenciales que han garantizado la continuidad de la vida.
Rescatar lo que no se nombra
HUellas es una iniciativa de la delegación de Corresponsabilidad e Igualdad de la Diputación de Granada en colaboración con ayuntamientos de nuestra provincia que investiga, recupera y homenajea la memoria histórica de las mujeres de nuestros pueblos.
Presentación del proyecto HUellas Lentegí con la diputada de Igualdad y Corresponsabilidad de la Diputación de Granada, Maria del Carmen Reinoso, el alcalde de Lentegí, Juan Manuel Arellano Fajard; y la dinamizadora del proyecto, la artista textil Beatriz Constán.
HUellas Lentegí no es solo un proyecto artístico. Es también un gesto político en el sentido más amplio: el de otorgar valor a aquello que históricamente ha sido invisibilizado. Las tareas domésticas, los cuidados, los saberes cotidianos han sido durante siglos fundamentales y, sin embargo, poco reconocidos.
Este trabajo colectivo devuelve centralidad a esas experiencias. No desde la nostalgia, sino desde la conciencia de su importancia. En un contexto donde lo inmediato y lo tecnológico parecen dominar, recuperar estos saberes supone también una forma de resistencia.

Porque en esas historias no solo hay pasado. Hay también claves para pensar el presente y el futuro: sostenibilidad, aprovechamiento de recursos, comunidad, cuidado mutuo. Y, sobre todo, hay algo esencial: la certeza de que la vida, incluso en condiciones difíciles, se sostuvo gracias a redes invisibles de mujeres que, con muy poco, supieron hacer mucho.


